
Después de ser electo obispo de la Diócesis de Rancagua, monseñor Guillermo Vera comenzó a tomar contacto con algunas de las instancias de la Iglesia diocesana, entre éstas el Consejo de Gobierno. Además, quiso saludar virtualmente a los sacerdotes, religiosas, agentes pastorales y laicos, que estaban asistiendo a un encuentro como parte del proceso de escucha de la Asamblea Eclesial. Esos fueron los primeros contactos con nuestra diócesis y parte de lo que será su impronta: “Quiero conocer y escuchar a la gente, estar atento para acogerlos en mi oficina o en las parroquias que iré visitando, conocer a los sacerdotes, poder rezar con ellos y animarlos en el trabajo que corresponda”, enfatiza; y agrega que lo importante es que todos sepamos que estamos en la misma barca y tenemos que remar juntos para el mismo lado”. Por eso, “mi primera tarea será visitar las parroquias, conocer a su gente, a los sacerdotes y que ellos también me conozcan a mí, después iremos viendo cómo responder a lo que Dios nos pide en este tiempo”, señala el obispo Guillermo Vera.
Un tiempo que para él es un signo del cariño y de la ternura de Dios, porque el Señor siempre ha sido quien ha guiado su vida y así lo sintió con este nombramiento, que llegó un día después de su cumpleaños.
UNA REGIÓN MUY RELIGIOSA
Cuenta que conoce muy poco de la Región de O’Higgins, principalmente comunas del secano costero, como La Estrella y Marchigue, donde participó en misiones. También ha estado en Pichilemu, hasta donde llegó por el camino a Rapel desde Melipilla; y ha celebrado misa en el Santuario de Santa Rosa de Pelequén y ha estado en retiro en la Escuela Las Garzas.
Sin embargo, sabe que es una zona típica chilena, acogedora y muy religiosa, “entonces quiero llegar a compartir esos valores y a vivirlos con los habitantes de la Diócesis”.
Al mismo tiempo, el pastor diocesano electo se refirió a la religiosidad que se vive en la región y destacó la labor que han realizado los adultos mayores para transmitir la fe, cuidarla y expresarla de una manera sencilla. “Es un tesoro muy valioso que hay que cuidar y cultivar”.
Añadió que “también sé que es una zona que ha ido recibiendo a muchos migrantes que trabajan en los campos, servicios y lugares y por lo tanto, una comunidad que tiene que seguir siendo tremendamente acogedora con los que han llegado desde lejos. Hay muchos desafíos que se pueden vivir desde la fe”. En ese sentido, animó a las familias a que vivan este tiempo interiormente y que también sepan mirar hacia afuera las necesidades de los otros.
PANDEMIA Y TRABAJO MISIONERO
Monseñor Guillermo Vera tiene mucha confianza en el trabajo que han realizado los sacerdotes, a través de los diferentes medios y plataformas, para estar cerca de la gente, para acompañarlos con la celebración de la misa, con momentos de oración y de reflexión. Dice que “según su experiencia en el norte, en Iquique, la pandemia ha puesto de manifiesto que la gente ha buscado a Dios, y espero que en la Región de O’Higgins también haya sucedido esta búsqueda”.
Por ello, “no creo que la fe haya decaído y espero que cuando se abran las iglesias la gente, la gente vaya, asista. Creo que ha habido mucho de vida espiritual en este tiempo de pandemia al interior de las familias y de las casas”, asevera; y anuncia que “luego de esta pandemia tendremos que realizar un gran trabajo misionero”.
MONS. VERA EN PRIMERA PERSONA
Nací en Isla de Maipo, un pueblo muy parecido a muchos de los pueblos que habrá en la Diócesis de Rancagua, un pueblo donde hay una vida de piedad, que gira mucho en torno a la vida parroquial. Desde niño participé de la vida de la parroquia, fui acólito y así fue surgiendo mi vocación sacerdotal.
A los 17 años entré al Seminario Pontificio Mayor de Santiago, a los 24 años me ordenaron sacerdote. Mis primeros años estuvieron en la parroquia San José de Maipo, pero a los 6 meses volvía mi zona. Fui cura y párroco en Talagante, en Curacaví y luego en Melipilla donde fui cura en la catedral por 10 años y medio, fue un tiempo largo donde ejercí el sacerdocio en mi zona, estuve 21 años de cura.
A los 45 años el Papa San Juan Pablo II me nombra obispo para Calama y me traslado al norte, yo que siempre había estado en zona de campo, fui trasladado al desierto, un cambio para mí desconocido, fue fuerte el cambio; pero pronto comencé a conocer la gente, los paisajes, las costumbres y tradiciones de este norte que a uno lo van enganchando. Estuve en Calama 10 años y medio, en medio de la altura y la minería, pero en las alturas también hay gente que vive de la ganadería y de la agricultura.
Vivir y compartir la religiosidad de la gente que, si bien somos católicos, la vivimos de distinta manera. El norte está marcado por una profunda religiosidad popular que se manifiesta en sus bailes y música, que por medio del canto y el colorido se va expresando la fe. Son formas distintas, el campo y el desierto, pero las dos formas son hermosas, es el reunirnos con Dios.
Séptimo obispo de la Diócesis de Rancagua
Alegría por la llegada del nuevo pastor diocesano
Durante mucho tiempo la comunidad católica de la Región de O’Higgins estuvo rezando para que el papa Francisco nombrara un nuevo pastor que guiara a la Diócesis de Rancagua. Por ello, fue motivo de mucha alegría el nombramiento del obispo electo, monseñor Guillermo Vera, quien tomará posesión de la sede el próximo 23 de julio, convirtiéndose en el séptimo obispo de la Diócesis de la Santa Cruz de Triana.
La Diócesis de Rancagua desde junio de 2018 se encontraba como sede vacante, después que el Sumo Pontífice aceptara la renuncia del obispo emérito de Rancagua, monseñor Alejandro Goic Karmelic, quien durante 14 años (2004-2018) estuvo al frente de esta comunidad.
Tras la renuncia de monseñor Alejandro Goic, fue nombrado para asumir como administrador apostólico de la Diócesis sede vacante, el obispo Fernando Ramos Pérez, labor que desempeñó durante un año y medio. El 27 de diciembre de 2019 fue nombrado arzobispo de la Arquidiócesis de Puerto Montt, la que asumió el 29 de febrero de 2020, momento en que dejó de ser administrador apostólico de Rancagua.
Luego el 2 de marzo de 2020, monseñor Juan Ignacio González asume como administrador apostólico, responsabilidad que comparte con sus obligaciones como obispo de la Diócesis de San Bernardo. Tras la toma de posesión de la Diócesis de Rancagua por parte de monseñor Guillermo Vera, el obispo González cesará en sus funciones como administrador apostólico para dedicarse por completo a su diócesis.
LA FUERZA DE LA ORACIÓN
Fueron tres años de mucha oración para la llegada de un pastor diocesano y el Señor escuchó estos ruegos. Es por ello que el administrador apostólico, monseñor Juan Ignacio González, señala que “este es un tiempo para estar muy contentos, porque poco a poco nuestra diócesis de Rancagua está saliendo de momentos difíciles. Es un tiempo de mucha oración y agradecimiento”.
También es importante rezar por monseñor Vera. “Pido –dice monseñor González- a todas las comunidades que comiencen a orar por el obispo Vera. Si bien en la Santa Misa se debe nombrar todavía al administrador apostólico hasta que asuma el obispo electo, se puede rezar por él, por ejemplo, en la oración universal”.
Además comenzarán los preparativos litúrgicos para la ceremonia que se realizará el viernes 23 de julio, a las 17 horas, en la Iglesia Catedral de Rancagua (sede catedralicia), que es la principal de todas las iglesias que están diseminadas en todo el territorio de la diócesis.
En esa Santa Misa se toma el báculo, lo que significa que tiene la triple potestad de regir, gobernar y enseñar. Desde ese momento, el administrador apostólico cesa su misión.
Al día siguiente de la toma de posesión, el obispo Guillermo Vera entregará las parroquias a los sacerdotes nombrados en los sectores de Tinguiririca, Chimbarongo y San Fernando; y luego, en Cunaco y Rancagua. Posteriormente, vendrá el cambio en la parroquia de La Compañía, de Graneros.
Éste será un momento importante, porque será el primer contacto con la comunidad diocesana que tendrá el obispo Guillermo Vera. Por ello, “es fundamental que esas visitas a las parroquias estén llenas de cariño espiritual y de cariño humano”, afirma el administrador apostólico de Rancagua, monseñor Juan Ignacio González.