Palabras del Pastor

El cuidado y cariño a las personas mayores

Monseñor Guillermo Vera Soto, Obispo de Rancagua, invita a reflexionar sobre el importante aporte de los adultos mayores a la Iglesia y a la sociedad.

Hermanos y hermanas:

El próximo sábado 26 de julio en la Iglesia recordaremos a los santos Joaquín y Ana, a quien la tradición señala como padres de la Virgen María, por lo tanto, abuelos de Jesús. Es una hermosa fiesta para recordar a nuestros mayores, a nuestros abuelos -aunque hoy no pocos abuelos son muy jóvenes-, pero en esta ocasión les invito a pensar en los mayores, en aquellos cargados de años y trabajos.

Cuando se conversa con gente mayor impresiona ver como ellos miran la vida y lo optimista que ven su pasado, incluso a pesar de lo duro que pueda haber sido, se comprueba así que: el paso del tiempo difumina los rasgos de los acontecimientos y suaviza sus aspectos dolorosos. La experiencia nos enseña que, con la gracia del Señor, los mismos sinsabores han contribuido a la madurez de la persona, templando su carácter.

En la Sagrada Escritura se nos dice: “ponte de pie ante las canas”. Honrar a las personas mayores supone un triple deber hacia ellos: acogerlos, asistirlos, y valorar sus cualidades. Es preciso convencerse de que es propio de una civilización plenamente humana respetar y amar a los ancianos, porque ellos se sienten, a pesar del debilitamiento de las fuerzas, parte viva de la sociedad. Ya observaba Cicerón que “el peso de la edad es más leve para el que se siente respetado y amado por los jóvenes”.

Todos conocemos ejemplos elocuentes de ancianos con una sorprendente juventud y vigor de espíritu. Para quien los trata de cerca, son estímulo con sus palabras y consuelo con el ejemplo.

La comunidad cristiana, la sociedad toda, puede recibir mucho de la serena presencia de los adultos mayores.  En cuántas familias los nietos reciben de los abuelos la primera educación en la fe, pero la aportación beneficiosa de los ancianos puede extenderse a otros muchos campos. ¡Cuántos encuentran comprensión y consuelo en las personas ancianas, solas o enfermas, pero capaces de infundir ánimo mediante el consejo afectuoso, la oración silenciosa, el testimonio del sufrimiento acogido con paciente abandono!

Precisamente, cuando las energías disminuyen y se reducen las capacidades operativas, estos hermanos nuestros son más valiosos en el designio misterioso de la Providencia. Por esto, cómo no alabar y bendecir al Señor porque en esta Diócesis de Rancagua contamos con tres hogares de ancianos: en Rancagua, San Fernando y Santa Cruz, más otro de Fundación las Rosas en Chépica, llevados por religiosas, donde abuelitos y abuelitas son tratados con cariño y esmero en la última etapa de su vida y su estadía ahí es una antesala del cielo.

Como un servicio de la Iglesia a esta etapa de la vida esperamos con ilusión que pronto se puedan concretar otros dos hogares en Malloa y Doñihue, para lo cual la Iglesia ha puesto terrenos a disposición y que serán llevados por Fundación Las Rosas; por ahora se está en conversaciones con autoridades para lograr el apoyo en la financiación necesaria para su construcción.

Todos nuestros mayores necesitan cuidado y cariño, que cada familia procure que ellos sean tenidos en alta estima, consideración y arropados con el cariño de todos. Aquí, jóvenes y niños ocupan un lugar muy importante, ellos con su cercanía y cariño pueden llenar de vida los días de los mayores; a la vez, ellos pueden aprender de la sabiduría y experiencia de los abuelos. Dice el libro del Eclesiástico: “No desprecies lo que cuentan los viejos, que ellos también han aprendido de sus padres, pues de ellos aprenderás prudencia”.

Nuestra sociedad será más humana si nos hacemos cargo de los mayores. Por eso, en esta fiesta de los santos Joaquín y Ana, llenemos de cariños y cuidados a nuestros viejitos, y que siempre los tengamos en el corazón para servirlos y agradecerles todo lo que nos han entregado.

+Guillermo Vera Soto

Obispo de Rancagua