Queridos hermanos y hermanas: hace 475 años atrás llegaron a esta tierra que nos cobija los misioneros, plantando la Cruz de Jesucristo en los cruces de los caminos y en la cumbre de los montes y más aún, plantando la Cruz de Cristo y sembrando la semilla del Evangelio en el corazón de los hijos e hijas de esta tierra que, como buen campo de Dios como nos ha dicho San Pablo en la segunda lectura, se convirtieron en un terreno fértil, donde la fe, cristiana y católica, pudo florecer.
Son 475 años de evangelización; motivos tenemos para estar agradecidos con Dios por todo el trabajo aquí realizado. Han sido sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas de diversas congregaciones, y en los tiempos más cercanos diáconos, catequistas, monjes y monjas, Institutos Seculares y Vírgenes Consagradas quienes han colaborado con el apostolado y la oración, en la gran tarea de la evangelización para que, esta región del Libertador Bernardo O´Higgins sea una región cristiana con un fuerte sello católico.
Hace cien años atrás, cuando la fe se había consolidado en esta tierra, cuando la comunidad de la Iglesia se veía madura, el Papa Pío XI, creó la diócesis de Rancagua, acontecimiento que hoy celebramos con gran fe aquí, en este lugar, que hoy se convierte como en un gran templo. Al recordar este aniversario es bueno hacer memoria agradecida y orante por quienes han sido los pastores de esta Iglesia, los obispos: Rafael Lira Infante, Eduardo Larraín Cordovez, Alejandro Durán Moreira, Jorge Medina Estévez, Javier Prado Aránguiz y Alejandro Goic Karmelic. Los Administradores Apostólicos; Fernando Ramos, Juan Ignacio González, y los obispos auxiliares: Raúl Silva Silva y Luis Gleisner.
Somos la Iglesia viva, el pueblo del Señor que, con memoria agradecida alaba a Dios y agradece el don de la fe aquí sembrado y cultivado con el trabajo, el esfuerzo, el apostolado de tantos y que con confianza nos proyectamos al futuro sabiéndonos responsables de cuidar la fe y de transmitirla a las nuevas generaciones; para eso te pedimos, Señor, nos regales un renovado compromiso misionero
Qué grande es tener fe, qué grande es creer en Cristo; sí, no es lo mismo vivir habiendo conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él que no poder hacerlo; no es lo mismo tratar de construir nuestras vidas con su Evangelio que no hacerlo; los que creemos, los que hemos recibido el don de la fe de esa fe que nuestros padres nos transmitieron, sabemos que la vida con Jesús se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Sí, hermano y hermana, esto es lo que nuestros mayores nos han legado cuando pidieron para nosotros el don del bautismo, cuando nos enseñaron a rezar, cuando nos enseñaron a cantar nuestra fe con sus himnos y el canto a lo divino, cuando nos llevaban a las misiones, cuando nos hacían participar del catecismo, nos motivaban a celebrar la Semana Santa con devoción, cuando peregrinaban a los santuarios de La Compañía en Graneros, de Santa Rosa en Pelequén, de la Inmaculada en Puquillay de San Andrés en Ciruelos, de La Merced en Alcones, de San Judas Tadeo en Malloa y más recientemente de San Expedito en Rosario y los santuarios de Schoenstatt en Rancagua y San Fernando; nuestros mayores, al transmitirnos la fe, nos invitaban a no soltarnos de la mano de Jesús que desde la Cruz nos hablaba del amor inmenso de Dios por nosotros, donde nos hace entender que nuestra vida es valiosa para Dios y que cada uno de nosotros vale el precio de la Sangre de Cristo. Hoy, el creer esto ha de llenarnos de confianza y llenar nuestras vidas de esperanza.
Estamos aquí reunidos, hombres y mujeres creyentes, constituidos en templos vivos de Dios, hombres y mujeres que, con nuestra vida, con nuestro trabajo, con nuestro estudio, somos peregrinos de esperanza, que podemos dar un culto que agrada a Dios y podemos también transformar el entorno en el cual vivimos. El profeta Ezequiel en la primera lectura nos hablaba que del templo de Dios salía aquella agua que llevaba vida y sanaba. Nosotros, desde el bautismo somos el templo vivo de Dios, por eso es que de nuestro corazón, con nuestra palabra y obras más parecidas a las de Jesús, puede manar como una fuente de bondad que vivifique lo decaído o muchas veces incluso muerto. Somos, seamos sembradores de esperanza. La fe nos lleva a mantenernos firmes porque tenemos esperanza y la esperanza no defrauda “Dios nos ha dado esta esperanza, ella mantiene firme y segura a nuestra alma igual que el ancla mantiene firme el barco”. La fe nos da seguridad nos infunde tranquilidad; cómo no sentir entonces hoy la responsabilidad que tenemos de seguir siendo trabajadores en el campo del Señor, miremos a nuestro alrededor y veamos nuestra Diócesis de Rancagua y toda su gente, como ese campo que Dios quiere trabajar, con el ejemplo de nuestra vida y con la palabra que enseña, que anima, que corrige, que muestra el querer de Dios.
En nuestra diócesis, la familia ha sido el primer lugar de evangelización, es en ella donde aprendimos a rezar, a hablar a Dios con cariño, a mirar a la Virgen con ternura, en ella hemos sido invitados y motivados a participar de la vida de la Iglesia a celebrar los sacramentos, a cultivar las tradiciones, a alegrarnos en las fiestas patronales, a participar de las misiones; en ellas es donde se motivó muchas veces a que sus hijos pudieran consagrarse al Señor. Cómo no alegrarnos porque en todo este tiempo de evangelización han salido de las familias de esta diócesis más de 700 sacerdotes, a lo que se suma un número grande de religiosos y religiosas y las familias se sentían felices de que uno de los suyos fuera llamado por el Señor a su servicio.
Hoy en estos tiempos que no son fáciles, aunque podríamos preguntarnos si ha habido tiempos fáciles, pero en este tiempo que nos toca vivir, cómo no desear que nuestras familias puedan seguir siendo una cuna de fe, escuela de hombres y mujeres cristianos deseosos de anunciar el Reino; hoy tenemos que hacerlo con renovado fervor proyectándonos hacia el futuro, hacia los 500 años de evangelización en esta tierra y hasta cuando el Señor vuelva. Sí Señor, te lo pedimos, bendice nuestra familia y que ellas sean fortalecidas con tu gracia con la fuerza de tu espíritu, y así como se lo pedimos al Señor, procuremos ser todos propagadores del evangelio de la familia, cuidando las nuestras y animando a nuestros jóvenes a no temer al matrimonio, a formar familias cristianas donde los hijos sean acogidos con generosidad y formados en la fe.
Si la familia ha sido lugar de evangelización, la parroquia ha sido el centro de nuestros pueblos y ciudades donde se vive, se celebra la fe y se anuncia a Jesucristo. En nuestra diócesis son 67 las parroquias, muchas de ellas con gran tradición e historia, junto a las sedes parroquiales, bellísimas iglesias que son signo de comunidades vivas, más de 700 capillas que son signos de una comunidad activa; a la cabeza de las parroquias, hermanos sacerdotes que ustedes hermanos y hermanas, acompañan con cariño hoy y otros que recuerdan con gratitud. A los sacerdotes que han ejercido su ministerio en medio nuestro les deseamos puedan estar celebrando eternamente a Jesús en su gloria y a los que están en medio nuestro agradecemos su entrega generosa. Como obispo y con todos ustedes les decimos: hermanos sacerdotes, gracias por su vida entregada , por su ministerio tan importante para todos los fieles, gracias por su sí generoso, por haber sido fuertes en la adversidad, por haber permanecido fieles en la contrariedad, gracias por hacer presente a Jesucristo, a ustedes les pedimos cuiden su sacerdocio, crean en la fuerza de su sacerdocio, y con ustedes pido al Señor, para ustedes y para mí, lo que dice el salmo 68: “que por mi causa no queden defraudados los que en Ti esperan, Señor”.
Pero la parroquia es el sacerdote y sus hermanos, es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos de Dios van a beber para seguir caminando, por eso todos sintámonos responsables de nuestras parroquias y capillas, seamos un Iglesia de puertas abiertas, acogedora y misionera. Pido que un signo concreto de esta actitud sea que nuestras iglesias y capillas estén abiertas, que sean el espacio donde la gente pueda en tranquilidad encontrarse con Dios, llorar su penas, descansar en el Señor. Que nuestras parroquias y capillas sean lugar de encuentro, de oración, de fraternidad, de formación para salir a evangelizar.
En nuestra diócesis los jóvenes son una fuerza viva, importante en la sociedad toda y en la Iglesia, son muchos los que se forman en escuelas católicas que han sido desde siempre un lugar privilegiado de evangelización, gracias a las congregaciones religiosas y sacerdotes que se han dedicado y dedican a ello. Son muchos los jóvenes que acuden a nuestras parroquias a prepararse a recibir sus sacramentos, que ellos encuentren acogida y acompañamiento, que encuentren en nuestros colegios y parroquias a Jesús y sean sus amigos deseosos de hacer las cosas que hizo Jesús. Jóvenes, que la esperanza los anime en el camino del bien
La Iglesia, para ser creíble, debe al igual que Jesús manifestar una preocupación especial por los más pobres. En esta Diócesis de Rancagua, hogares de ancianos, llevados por religiosas, comedores en varias parroquias, jóvenes que salen en rutas de calle visitando a los que viven en la calle, ayudas fraternas parroquiales vivas, hermanos y hermanas visitando enfermos y presos, aunque necesitamos muchos más comprometidos en esta tarea tan importante; que Cristo se haga presente por medio nuestro junto al que sufre , que muchos se animen a servir en este apostolado; destaco también el trabajo de Caritas, impulsando tantas obras de bien. Así, la Iglesia sigue acompañando como buen samaritano a tantos caídos en el camino. Que el Señor nos conceda lucidez, creatividad y generosidad para seguir acompañando las diferentes y nuevas pobrezas que surgen en medio nuestro y donde todos estamos llamados a consolar. Y si de los pobres hemos de preocuparnos, les invito a que no olvidemos lo que el Papa Francisco nos decía: “Quiero expresar con dolor que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual”. La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria. Que en nuestra planificación pastoral, en nuestros servicios, en nuestras oficinas parroquiales, los pobres y sencillos sean los primeros.
Hermanos: 475 años de evangelización, cien años como diócesis; sin embargo, lo mejor está por venir. Al Señor le decimos con el salmo 71: “Señor Tú has hecho grandes cosas por nosotros, aunque nos has hecho ver desgracias y aflicciones, pero creemos que Tú nos darás vida nueva”. Sí, esta es nuestra esperanza, una esperanza que vemos realizada en la vida de los sacerdotes, en el trabajo de los hermanos diáconos que el pueblo de Dios agradece y valora, en los millares de catequistas, en los jóvenes seminaristas y los que van discerniendo su vocación, en la gente que vuelve a la Iglesia y en aquellos que expresan su fe en nuestros santuarios, lugares donde el alma respira y la fe renace. Sí, hermanos, lo mejor está por venir, creemos que el Señor seguirá llamando a hombres y mujeres a que lo sigan en la vida consagrada, seguirá llamando a laicos a vivir su fe en comunidad en los distintos Movimientos y Apostolados de la Iglesia, lo mejor está por venir, por eso que nada ni nadie nos quite la esperanza ni las ganas de trabajar porque la fe sea viva en nosotros y sepamos transmitirla a las nuevas generaciones.
En el corazón de cada uno de los hijos de esta tierra, hay un tierno amor a la Virgen Santa, a ella, querida y venerada con el título del Carmen, de la Merced, del Rosario, a Ella la Inmaculada, la invocamos con cariño, para que nos enseñe a saber caminar con Jesús, a que, en los momentos de cruz, como Ella, no dejemos de mirar al Señor y a que sepamos esperar y confiar en que Dios siempre cumple su palabra. Virgen Santa, allá en el cielo háblale a Jesús cosas buenas de nosotros, háblale de nuestros niños, de nuestros ancianos, de nuestras familias, háblale al Corazón de Jesús de cada uno de nosotros
Hermanos y hermanas, no lo olvidemos, Jesús cuenta con nosotros.
Nosotros en Él tenemos nuestra esperanza.
¡Peregrinos de esperanza, lo mejor está por venir! Creamos en Dios sin olvidar que El cree en nosotros.
+ Guillermo Patricio Vera Soto
Obispo de Rancagua