Hermanos y hermanas:
“Tengan paciencia hermanos, hasta que llegue el Señor. Miren cómo el sembrador espera el
fruto precioso de la tierra…Tengan paciencia y anímense, porque la venida del Señor está
próxima…Tomen como ejemplo de fortaleza y de paciencia a los profetas que hablaron en
Nombre del Señor”, así nos habla el apóstol Santiago en la Lectura que escucharemos este
Domingo, invitación a cultivar la virtud de la paciencia que, junto a la esperanza, son
virtudes fundamentales en la vida de nosotros como creyentes, y que por lo tanto hemos de
pedir como don de Dios
“El Espíritu Santo, con su presencia perenne en el camino de la Iglesia, es quien irradia en
los creyentes la luz de la esperanza. Él la mantiene encendida como una llama que nunca se
apaga, para dar apoyo y vigor a nuestra vida. La esperanza cristiana, de hecho, no engaña ni
defrauda, porque está fundada en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos nunca
del amor divino; nos dirá San Pablo: «¿Quién podrá entonces separarnos del amor de
Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los
peligros, la espada? [...] Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel
que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los
principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo,
ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo
Jesús, nuestro Señor». He aquí por qué esta esperanza no cede ante las dificultades: porque
se fundamenta en la fe y se nutre de la caridad, y de este modo hace posible que sigamos
adelante en la vida.
San Pablo es muy realista. Sabe que la vida está hecha de alegrías y dolores, que el amor se
pone a prueba cuando aumentan las dificultades y la esperanza parece derrumbarse frente al
sufrimiento. Con todo, escribe: «Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones”
en tales situaciones, en medio de la oscuridad, el creyente percibe una luz; y eso lleva a
desarrollar una virtud estrechamente relacionada con la esperanza: la paciencia. Estamos
acostumbrados a quererlo todo y de inmediato, en un mundo donde la prisa se ha
convertido en una constante. Ya no se tiene tiempo para encontrarse, y a menudo incluso en
las familias se vuelve difícil reunirse y conversar con tranquilidad. La paciencia ha sido
relegada por la prisa, ocasionando un daño grave a las personas. De hecho, ocupan su lugar
la intolerancia, el nerviosismo y a veces la violencia gratuita, que provocan insatisfacción y
cerrazón.
Asimismo, en la era del internet, donde el espacio y el tiempo son suplantados por el “aquí
y ahora”, la paciencia resulta extraña. Si aún fuésemos capaces de contemplar la creación
con asombro, comprenderíamos cuán esencial es la paciencia. Aguardar el alternarse de las
estaciones con sus frutos; observar la vida de los animales y los ciclos de su desarrollo.
Redescubrir la paciencia hace mucho bien a uno mismo y a los demás. San Pablo recurre
frecuentemente a la paciencia para subrayar la importancia de la perseverancia y de la
confianza en aquello que Dios nos ha prometido, pero sobre todo testimonia que Dios es
paciente con nosotros, porque es «el Dios de la constancia y del consuelo». La paciencia,
que también es fruto del Espíritu Santo, mantiene viva la esperanza y la consolida como
virtud y estilo de vida. Por lo tanto, aprendamos a pedir con frecuencia la gracia de la
paciencia, que es hija de la esperanza y al mismo tiempo la sostiene.”
Se oponen a la virtud de la paciencia: la impaciencia que consiste en dejarse dominar por
las contrariedades de la vida, hasta el punto de caer en la murmuración, en lamentaciones,
quejas frecuentes, arrebatos de ira, etc. Las almas más íntimamente unidas con Dios
aceptarán con alegría las contradicciones y tribulaciones que padecen. Por eso somos
invitados a acercarnos a Él: “Vengan a Mí cuando estén cansados y agobiados”.
Cuando llegamos a fines de año con toda la carga de trabajos y el cansancio que lleva
consigo, pidamos vivir la virtud de la esperanza y de la paciencia y así nuestra vida será
más agradable y haremos más llevadera la vida de los demás.
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua